Hace
milenios la civilización kaldorei gozaba de su máximo auge y esplendor. Al
norte de lo que hoy en día se conoce como Feralas, fronteriza con la región de
Desolace, había una ciudad cuyo nombre aún recuerdan los murmullos del viento:
Oneiros. Sus muros y columnas marmóreas brillaban con el sol entre la frescura
y la fronda del bosque esmeralda. Eran tiempos de paz ya olvidados entre las
corrientes del tiempo. Kaendalia era una joven habitante de la ciudad élfica.
Hacía poco que había alcanzado la mayoría de edad entre los elfos y había
decidido vestir las níveas togas de una sacerdotisa de Elune. Sus padres
estaban realmente orgullosos de que su única hija quisiese ocupar un puesto tan
respetado en la sociedad de los elfos, que quisiera aprender los sagrados ritos
de la Diosa y asistir al pueblo kaldorei desde la pulcra pureza y la humildad.
En
las horas de asueto que le permitía el Templo solía caminar por el bosque con
un elfo, un druida bisoño, que conocía desde sus años de infancia. Muchos
fueron los atardeceres que presenciaron desde las cimas de los montes del
bosque, numerosas las dulces y melodiosas risas que se contagiaron el uno al
otro en el lago cercano a los Dos Colosos. Aquella época lejana, distante y
olvidada de su mocedad élfica compartida con su mejor amigo, con aquél
considerado como su hermano.
La
senda para convertirse en una Sacerdotisa de Elune era larga, tortuosa y
sacrificada. Los años fueron pasando y Kaendalia encontró la tenacidad, la
fuerza de voluntad y la esperanza para conseguir su objetivo en su pueblo, en
el bosque y en sus hermanas sacerdotisas. Muchos eran los misterios de la Diosa
y los secretos que debía hallar y conocer en su propio corazón. Durante todos
esos años aún mantuvo el contacto con el joven druida, en ocasiones
procrastinando debido al volumen de sus deberes y obligaciones; pues aunque su
compromiso estaba para con el Templo y su fe en Elune ella creía ciegamente que
cuando una mistad se siembra hay que plantarla con mimo y abonarla con paciencia.
No quería perder a su fiel pilar.
Allí,
en Oneiros, no tenían ni idea de lo que estaba a punto de acaecer. En la lejana
Zin-Aszhari la sed de magia y de conocimiento de los Altonato y el uso que
hacían de las energías del Pozo de la Eternidad llamaron la atención del
demoníaco ejército de la Legión Ardiente. Así comenzó lo que los historiadores
y arqueólogos llamaron la Guerra de los Ancestros.
La
mefistotélica hueste de viles criaturas extendió su influencia por Kalimdor
hasta llegar finalmente a la ciudad élfica de Feralas. El caos se extendió y el
pánico cundió rápidamente por la población mientras así lo hacían los
infernales fuegos y las poderosas pisadas de las tropas diabólicas. Apenas
prevenidos del ataque, la defensa local llegó tardía y desorganizada. Aquí y
allá los cadáveres cubrían el suelo boscoso que ahora se tornaba negro y
muerto. Mirase donde se mirase las hachas de los invasores desmembraban a
hombres, mujeres y niños, los hechiceros oscuros desataban sus sortilegios y
conjuraciones contra los indefensos habitantes de Oneiros. Los muros marmóreos
se habían teñido carmesíes con la sangre de los inocentes.
Muchos
de los habitantes corrieron a guarecerse del violento combate entre los muros
del Templo de la Diosa de la Luna mientras sus Sacerdotisas se afanaban en
curar y proteger a los heridos y los guardias y druidas en proteger el sacro
lugar. Kaendalia se encontraba allí al igual que su amigo. El sonido fue seco,
estremecedor, ensordecedor cuando los demonios irrumpieron el lugar de culto de
los elfos. Kaendalia estaba en el patio cuando aquello sucedió y la batalla se
desató en nombre de Elune y de todas las criaturas vivas. Fue algo horrible,
trágico. Abominable. Allá donde miraba Kaendalia veía cómo un hacha demoníaca
cortaba la cabeza de un elfo y una fuente carmesí brotaba de su cuello
huérfano, cómo sus hermanos caían en extrañas e imposibles posturas antes de
que el acero oscuro de las botas de los invasores reventasen sus cabezas, cómo
los elfos caían de rodillas con los intestinos tratando de escapar de sus
cuerpos. Ella no lo soportó, estaba mareada. Se sentía impotente y abandonada,
¿cómo podía Elune permitir que aquello ocurriese? Vomitó, no pudo evitarlo.
Desorientada, trastabillando, huyó del patio y se ocultó como mejor pudo tras
haber visto cómo su pueblo era masacrado sin ninguna posibilidad. Lloró hasta
que no le quedaron lágrimas, hasta que su cuerpo temblante no le permitió
llorar más.
Cuando
todo pasó, cuando los gritos que desgarraban el cielo cesaron y los ruidos
metálicos se hicieron sordos el paisaje había cambiado. La ciudad de Oneiros
quedó en ruinas, muerta, rota; sangrienta y quemada. El joven druida,
Neldareth, encontró a Kaendalia en el suelo, hendida y con la voluntad
quebrantada. Junto con los pocos supervivientes de la brutal contienda huyeron
a los bosques buscando amparo bajo los árboles que por tanto tiempo habían
habitado. La elfa juró ante la Luna y el Bosque que jamás permitiría que su
pueblo volviese a sufrir a causa de tan viles criaturas.
Kaendalia
y Neldareth marcharon al norte a pesar de las insistencias de su gente para que
permanecieran en Oneiros. No iban a tolerar que todo lo que los kaldorei
conocían y amaban se desvaneciese. Querían encontrar a los líderes de su pueblo
y ayudar en la guerra, como tantos otros elfos hicieron. Allí por donde pasaban
escuchaban rumores de que Illidan Tempestira, gemelo del poderoso Archidruida
Malfurion Tempestira, tenía un método para combatir a la Legión. Ambos se
embarcaron en un viaje sin retorno en el aprendizaje de los que serían
conocidos como Cazadores de Demonios. Kaendalia estaba algo confusa ante tan
extraño y peligroso camino, pero al fin y al cabo Elune había abandonado a su
pueblo y ese era el único modo de hacer pagar a los demonios por todo el daño y
la destrucción causados. Los años de instrucción que siguieron fueron duros,
más aún tras el encarcelamiento de Illidan. Incluso se sucedieron algunas
muertes accidentales.
En
todo esto pensaba Kaendalia mientras marchaba hacia el lugar donde había de someterse
al Ritual. Aquellos que siguieron al Maestro fueron rápidamente acusados de
pactar con demonios e ir en contra del pueblo kaldorei. Se convirtieron en
parias y exiliados. Se vieron obligados a ocultarse en los bosques. Y es en uno
de esos bosques kaldoreis, maldito y corrupto entonces por la Legión Ardiente,
donde la antigua Sacerdotisa se encontraba con el Cazador de Demonios veterano
que habría de orquestar su ritual de paso. Ese pequeño claro era idóneo.
Kaendalia alzó la vista al cielo para contemplar la Luna que antes veneraba.
Cerró los ojos mientras sentía la brisa besar su rostro y remover su oscuro
cabello. El momento había llegado, ya estaba preparada para comenzar la
cacería.
El
círculo de invocación ya estaba dibujado. La kaldorei abrió los ojos y se
introdujo en el contorno de runas y líneas. El Cazador comenzó la suave letanía
de palabras arcaicas y extrañas. Kaendalia no sabía qué iba a ocurrir, nadie lo
sabía hasta que su momento no llegaba. Lo único que alcanzaban a conocer es que
muchos de los elfos que acudían a la noche de su llamada no regresaban jamás.
La elfa aguzó sus sentidos lo más fino que pudo, atenta a todo su alrededor.
Las líneas y marcas del suelo comenzaban a brillar mientras una cúpula onírica
la cubría y rodeaba por completo.
Frente a ella apareció su presa, desorientada y confusa: un
súcubo. Kaendalia observó su piel violeta, sus cuernos, sus pezuñas, su
exuberante cuerpo; antes de lanzarse a por el demonio a manos desnudas. Fue un
combate brutal, pero Kaendalia se había estado preparando durante mucho tiempo.
Aún así acabó exhausta. El combate la había desgastado por completo y el súcubo
había logrado herida de cierta gravedad en el abdomen. Una línea sanguinolenta
corría desde cerca de su ombligo hasta su costado. Jadeante y siguiendo las
indicaciones de su impertérrito director se acercó a la criatura y con un puñal
le abrió el pecho. Metió las manos y le arrancó el corazón aún caliente y
palpitante en los últimos estertores de la muerte. Sintió cómo la ácida carne
atravesaba su garganta, la quemaban y se resistía a ser tragada. Sintió una
arcada, pero la contuvo sabiendo que debía hacerse así. Aquellos minutos en los
que se comía el corazón del súcubo le parecieron las horas más horribles de su
vida. Mientras esto hacía, el Cazador entonaba un lento salmo que agitaba el
viento en la noche en aquel bosque maldito. El alma del demonio quedó enlazada
con la de la elfa como eterno y condenado compañero en la tortuosa vida que
acababa de comenzar como Cazadora de Demonios. De pronto la acometió la Visión.
Terrible y oscura en todas sus facetas. Contempló los vastos ejércitos de la
Legión, cómo cientos de mundos sucumbían ante el fuego y el acero o cómo se
rendían ante el poder y los placeres que los demonios le ofrecían, contempló un
millón de vidas segadas con tanta crueldad y violencia que llevó a su mente a
la locura, observó el Templo de Elune en Oneiros y cómo sus hermanos y hermanas
caían con la más desmedida brutalidad. Contempló todo esto una y otra vez, a
través del tiempo y el espacio, imágenes de pesadilla entremezcladas en un
horrible sinfín. Gritó a la noche, al viento y al bosque. Su alarido desgarró
el cielo hasta que sus cuerdas vocales no lo pudieron soportar. Quería evadirse
esa demoníaca quimera, pero da igual que cerrase los ojos: no cesaba.
Desesperada y apenas cuerda se arañó los ojos con toda la furia que pudo. Su
rostro se inundó de la sangre que manaba de sus órganos de la visión, de los
párpados, las cejas y los pómulos. Las heridas que se había autoinflingido eran
severas y profundas. Kaendalia se destrozó los ojos por completo para tratar de
acallar las voces y las visiones que la acosaban, pero fue en vano. Perturbada, herida y exhausta cayó inconsciente.
Miles
de años más tarde Kaendalia se había convertido en una letal Cazadora. Aunque
las voces y las visiones aun continuaban había aprendido a ignorarlas. Solo
había una cosa que mantenía su frágil cordura y su voluntad en pie: la
venganza. Se había vuelto a jurar que destruiría la Legión Ardiente, que usaría
el mismo poder que los demonios poseen para destrozarlos y hacerlos desaparecer
en el olvido. Da igual lo que hiciera falta hacer, no importa lo que tuviera
que sacrificar; el fin de erradicar a los demonios justifica los medios. Ésta
es ahora su causa sagrada, su cruzada y la de otros tantos elfos. La kaldorei
se encontraba reunida con cientos de Cazadores ante un portal. Illidan había
sido liberado y los conducía a una feroz batalla en mundo Mardum para cumplir
su objetivo final. Con un grito desgarrador de furia y venganza atravesó la
entrada al mundo demoníaco. La batalla fue larga, ardua y compleja. Ella, como
otros tantos Cazadores Illidari, merecía ser llamada heroína pues había
prestado su ayuda y todos sus esfuerzos por aniquilar a la Legión y a matar a
su Reina de la Progenie de ese fragmento de planeta.
Quiso
acudir en ayuda de su Maestro en el Templo Oscuro, pero cuando llegó había
caído y las Celadoras se encontraban allí. Trató de vengar a Illidan, pero fue
encerrada en éxtasis en la Cámara de las Celadoras junto con sus hermanos. Ahora
Maiev Cantosombrío los ha liberado en busca de desesperada ayuda pues la Legión
ha vuelto más poderosa que nunca. Kaendalia, Neldareth y otros Cazadores han
despertado con más ansia de venganza que nunca. Sacrificarán todo lo que sea
necesario para defender Azeroth. La caza continúa.